No necesita nombre
- Daniela Bautista Candela
- 24 oct 2023
- 2 Min. de lectura
Salí corriendo, la puerta metálica que una vez me molestaba por su ruido tenía que ser mi salvación. Las escalaras eran interminables, ¿Cómo podría ser una eternidad unos cuantos metros?, cada paso era una posible caída, cada parpadeo una imagen imborrable y cada lágrima era dolor. Todo esto eran quemaduras, como si fuera fuego, ardor y un remordimiento penetrante que debía sentir él, no yo.
Era noviembre 15 del 2014, mi fanática costumbre de visitar a mis abuelos cada 15 días y dormir allí para levantarme en la mañana a disfrutar del anhelado caldo de la abuela, se veía reflejada en mi emoción del día.
Cayó la noche, con gran emoción me bañé y cambié para hacer el mismo plan de los sábados, estar frente a un televisor. Pero ahora, con una compañía diferente a la que tenía en mi casa, rodeada de mis primas, tías y abuelos disfrutaba del programa de las 8 p.m. y como de costumbre, el sueño me atacaba cuando el reloj marcaba las 10.
He sido de sueño profundo desde que tengo memoria, curiosamente ese día pasó lo contrario. Mis ojos se abrieron a las 4 de la mañana, solo llevaba unas 6 horas de sueño, abrí la puerta del cuarto, miré hacia todos los lados si algún alma de asomaba y noté que no estaba sola, estaba ahí, en las escaleras sentado hilando unos cordones negros a un zapato gris con rayas blancas que nunca me gustaron pero que cuando me preguntaba, yo contestaba: “sí, están bonitos”.
El momento fue rápido, no supe en que momento el metro de distancia se convirtieron en centímetros, mi mente inocente y mi corazón frágil estaban rompiéndose. Su mano ya no estaba en aquel zapato feo sino en mi pierna pero que en cada microsegundo cambiaba de lugar, mis ojos estaban inundándose, no sabía que pasaba, como pasaba, ni por qué pasaba. Solo salí corriendo y cuando llegué a aquella habitación donde sabía que podía romper el llanto y explicar lo sucedido, solo pronunciaba “el abuelo”.




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